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El desafío diario tras el huracán (semisquare-x3)
La residencia de Pahola Bernacett Carrero, en el barrio Río Arriba, tuvo grandes daños con el paso del huracán María. (Wilma Maldonado Arrigoitía)

Arecibo - En sus 19 años, Pahola Bernacett Carrero no ha tenido lujos, pero sí “comodidades”, como ella le llama a tener los servicios básicos de agua, energía eléctrica, una cama limpia y un televisor para acompañar las noches. Ahora, no tiene nada de eso. El huracán María le llevó ese mínimo confort.

El ciclón viró al revés al barrio Río Arriba, en Arecibo, y a casi un mes de su paso, los signos de recuperación son mínimos. Todavía no hay agua ni energía eléctrica y las carreteras están enlodazadas, con árboles en las orillas y en un pésimo estado. Además, la incesante lluvia que ha seguido a María no les da tregua ni a ella ni a sus vecinos de la casa del lado, que son sus parientes.

El monte sigue en deslizamiento y trae agua y tierra hasta el interior de una de las dos casas de madera vecinas que, además, tienen vista completamente libre hacia la luna y el sol porque quedaron sin techos. Los toldos donados recientemente por la Cruz Roja han mitigado ese paisaje.

Solo los mosquitos parecen disfrutar de este nuevo ambiente, dejando sus picadas a diestra y siniestra entre residentes y visitantes.

Bernacett Carrero comparte su casa con su esposo, Ángel Miguel González Ruiz, quien aprovecha estos días para buscar trabajo aquí y allá en la limpieza de patios, entre los muchos que destruyó la fuerza ciclónica.

Ella, en cambio, permanece en la casa porque el colegio técnico en el que estudia cosmetología, en Arecibo, fue duramente afectado por el huracán y por los saqueadores que, según le han dicho, se llevaron todo lo que pudieron.

De manera que su rutina cambió por completo. En lugar de ir al salón de clases, en sus mañanas sale a la calle para buscar agua de una quebrada que baja de la montaña a través de un tubo plástico que, entre su suegro y cuñado, instalaron para facilitar su recogida. Con esa agua realiza el aseo de la casa. 

La comida la confeccionan en un fogón de leña porque ya no tienen gas propano para encender la estufa, relata esta joven que muestra siempre una sonrisa. Tal vez porque en una de las columnas de la casa está escrito con marcador “Te amaré por siempre, Flaca”, aunque ella no alude al mensaje ni a si es la protagonista de esa declaración.

“Uno no puede decir nada porque esto es algo natural, pero duele”, comentó Bernacett Carrero. “Ha sido difícil recoger las cosas que habíamos comprado con mucho esfuerzo, y las tuvimos que desechar”, lamentó.

El matrimonio recibió alimentos y agua que distribuyeron el municipio y “los militares”, también de organizaciones sin fines de lucro que han repartido alimentos y productos de primera necesidad. Aguardan por que “unos americanos” les lleven los filtros o aditamentos para purificar el agua que les prometieron.

“Ahora mismo, estamos rindiendo el agua. Como está la bacteria esa, no podemos tomar agua de allí (una quebrada cercana)”, dijo.

Del asunto de la higiene personal ya se encargaron ellos mismos con una improvisada ducha a la orilla de la carretera que levantó su suegro y su cuñado. Con los tubos PVC que colocaron para coger agua de una quebrada, hicieron una ducha y colocaron cortinas para mantener la privacidad. 

“Uno vela afuera y otro se baña. Le pusimos hasta una jabonera y todo”, explicó la joven.

Las casas sin techo abundan en este barrio en el que, ahora, se empiezan a ver los toldos azules. Aunque no hay en casa de Nélida Feliciano. El plafón blanco que cubre el techo no deja ver, desde el interior de la casa, que los paneles de zinc se los llevó el viento.

Una bandera con la figura del Divino Niño ondea en el balcón y es la que, dentro de su fe católica, le da esperanza a esta mujer de que pronto regresará a la casa que ha sido su hogar por casi 50 años.

Fue a pasar el huracán con su hija en la comunidad urbana de Marisol, en Arecibo, y de allí no ha podido salir porque su casa, la que compartió con su esposo y donde crió a sus hijos, ya no es segura para vivir.

En ese campo de Río Arriba nació y creció, viendo al río desde el despertar y ahora no se acostumbra a su vecindario temporero.

“Allí las casas son todas pegadas y hacen mucho alboroto”, comentó Feliciano, quien confiesa que no dispone de los recursos para reconstruir el techo y volver a amueblar la casa, por lo que presume que su estancia con su hija será más prolongada de lo que imaginó.


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